El pasaje de la Transfiguración está recogido por los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Juan) en un momento en el que Jesús deja el Mar de Galilea para ir a Jerusalén. Este evangelio se proclama dos veces durante el año litúrgico, lo que demuestra la importancia de este momento. El primero de ellos en el segundo domingo de Cuaresma, el segundo en su fiesta, que celebramos en esta fecha. Cada una de las dos celebraciones tiene elementos comunes, pero cada uno de ellos tiene sus propias especificidades. En Cuaresma, junto con los anuncios de la Pasión, muestra a los discípulos la esperanza y anticipa la gloria de Jesús. En la festividad que hoy celebramos, destaca la importancia de la divinidad de Jesucristo, expresada por la voz que viene desde el cielo.
Comparto mi reflexión a la luz de lo que medité en mi pasado camino de Santiago, el tramo que hice en septiembre de 2025, donde elegí este texto para que me guiase en mi caminar físico y espiritual. El pasaje comienza con Jesús subiendo al monte con tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan. No es el único momento en el que los evangelistas destacan a Jesús yendo a un lugar apartado con estos tres discípulos, por ejemplo, los volveremos a ver en Getsemaní. Son los tres discípulos más cercanos a Jesús, que están presentes en momentos decisivos para la vida del Salvador. También considero importante el hecho de que elijan un lugar apartado, donde la tranquilidad permita a Jesús dejar la enseñanza directamente sobre estos tres "elegidos", lejos de la multitud que nos presenta el Evangelio en otros muchos lugares. Este clima de intimidad permite a Jesús presentar su mensaje a unos pocos, que serán los encargados de liderar la comunidad cuando Jesús vuelva junto al Padre, con la guía del Espíritu Santo.
En un momento del evangelio aparece Jesús con dos personajes claves del Antiguo Testamento: Moisés y Jesús. La basílica actual está construida de forma que la nave central, mucho más grande, está dedicada a Jesús, y dos pequeñas capillas laterales están dedicadas a Moisés y Elías. Estos dos personajes representan los elementos más importantes del Antiguo Testamento, en Moisés está representada la Torá, la Ley judía, que para los judíos es clave, lo que nosotros conocemos como Pentateuco (los primeros libros de la Biblia). Escuchando a primera hora la reflexión que hace @curadetoledo en Youtube, he caído en un detalle clave: Dios no permite a Moisés en vida conocer su gloria, pero en esto momento, presenta la gloria de Jesús antes de su Pasión. Junto a ellos está Elías, que representa a los profetas. Aunque no tenga libro propio, es considerado el más importante de los profetas y su figura es clave para entender el judaísmo. Además de los libros proféticos que tenemos en nuestras biblias, los judíos incluyen dentro del profetismo (profetas anteriores) los libros que van entre Josué y Reyes, que las biblias cristianas incluyen dentro de los libros históricos. Un último aspecto sobre estos dos personajes, al igual que el Tabor, la historia de Moisés y Elías está asociada a diferentes montes: Sinaí y Nevo en el caso del primero, Carmelo y Horeb en el segundo.
Un tercer aspecto importante es la teofanía, la voz de Dios que viene desde la nube. En los evangelios solo nos encontramos la voz del Padre en dos ocasiones, las dos con un mismo significado y con unos elementos comunes. El primero de ellos es en el Bautismo, al comienzo del ministerio público de Jesús. La segunda en este momento, en su viaje a Jerusalén para «entregarse por nosotros». En los dos casos, la presentación que hace el Padre de Jesús es la misma: «este es mi Hijo amado, en quien me complazco», a lo que Mateo añade en el segundo caso: «Escuchadlo». La voz del Padre que viene de lo alto es algo más habitual en el Antiguo Testamento, como Moisés y Elías se dan algunos de estos momentos, conocidos como «teofanías». En el Nuevo Testamento solo se produce en dos ocasiones, sobre la figura de Jesús, en dos momentos claves de su vida. Se trata de una forma de confortar la misión de Jesús, al principio de la misma y en un momento donde anuncia su persecución y su sufrimiento. EL Padre está con Él y así nos lo quieren mostrar los evangelistas.
Teológicamente no es un pasaje sencillo de entender, pues se trata de un texto muy profundo. Con estas pequeñas pautas espero que os ayude a reflexionar y situarlo en su contexto. Nosotros conocemos toda la historia de Jesús y la acogemos con fe. Me pongo en el lugar de esos discípulos, que lo vivieron en directo. No entendían muchas de las cosas que les decía Jesús. No las entendieron hasta el momento de la Resurrección, cuando recibieron la fuerza del Espíritu Santo en Pentecostés. Por eso, es entendible la reacción de Pedro, poco antes Mateo nos indica como el Señor le dice: «tu piensas como los hombres, no como Dios» (Mt. 16, 23). Por eso es comprensible esta reacción. Aunque tengamos fe, nuestras reacciones y pensamientos son las de los humanos, no pensamos como lo hacía Jesús, «verdadero Dios y verdadero hombre». Termino con una petición, que sepamos reconocer en este texto la gloria de Dios y lo llevemos a nuestra vida, para beneficio propio y de la comunidad.


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