domingo, 11 de octubre de 2026

La formación del (evangelizador) cristiano, desde mi experiencia propia

 Ahora que ya hemos comenzado el curso, tras un pequeño parón desde finales de agosto, quiero reflexionar sobre un aspecto que considero clave en la vida, como es la formación, en todos los ámbitos de la vida, también en el ámbito cristiano. Pongo entre paréntesis la palabra "evangelizador", porque considero que todos los cristianos, por el Bautismo estamos llamados a cumplir esta misión en la Iglesia, de acuerdo con la misión que Jesús dejó a los discípulos en la conclusión del Evangelio de Mateo (leer Mt. 28, 16-20). Aunque todos estamos llamados a esta misión, algunos hemos recibido de forma inmerecida el don del Espíritu Santo para llevar a cabo la tarea de evangelizar, en mi caso en la catequesis a los niños y adolescentes de la parroquia. Muchas veces esta misión se circunscribe a la catequesis preparatorias para los diferentes sacramentos, pero debemos ampliarla a todos los grupos de la parroquia, desde niños hasta ancianos. Recuerdo, y se me quedó grabada, la frase que nos dijo don Fidel (entonces Arzobispo de Burgos, hoy emérito) en su visita pastoral a la parroquia, en el momento en el que se reunió con los catequista, de que la formación cristiana es un proceso continuo que dura toda la vida y que afecta a todos los bautizados, desde los más pequeños hasta los más veteranos, tanto laicos, como religiosos y sacerdotes (y obispos).

He de reconocer que yo solo me he preparado de forma específica en los últimos años, por eso quiero poner este tema encima de la mesa, por si puede llegar a la mayor cantidad posible de personas que estén interesados, especialmente pensando en los adolescentes y jóvenes de la unidad parroquial, que nos reunimos los viernes por la tarde-noche. Algunos de ellos están empezando a ser catequistas y otros nos acompañan en las convivencias para echar una mano a los catequistas. Cuando he reflexionado sobre ello, me doy cuenta que siempre he pertenecido a la parroquia. En mi juventud acudía más de manera rutinaria que comprometida, participando en convivencias y campamentos, además de la catequesis y de confirmación y las reuniones en grupos de jóvenes. 

El hecho de tener, en esos momentos, una potente asociación juvenil, unida a mi formación en el campo del ocio y el tiempo libre (como monitor y animador socio-cultural), me hacía tener una sensación de que la pastoral juvenil se trabajaba a través de dinámicas y actividades en este ámbito. Mis primeras catequesis tenían un carácter más de animación de grupo que de preparación para la vida comunitaria y sacramental. Con el tiempo (y el alejamiento en edad de los chicos y chicos que acompañaba en la catequesis) que por este punto ya no llegaba a ellos de la misma forma. Además, la catequesis de confirmación ha nivel diocesano cambió de un proceso en el que la confirmación se confería en torno a los 16 años a otro proceso en el que los chicos y chicas que hacen la comunión continúan el proceso formativo, hasta que la confirmación la reciben en torno a los 12 años. Esto también supuso un cambio para mí, siempre acostumbrado a estar con jóvenes. El primer grupo que tuve de confirmación a esta edad más temprana, además coincidió que fue en abril de 2021, con el último año de preparación afectado por la pandemia del coronavirus, con restricciones de movilidad, sin poder vernos las caras por las mascarillas... Fue un año complicado en el que no me sentí a gusto y considero que no pude ayudar adecuadamente a ese grupo en su proceso de crecimiento personal. 

Por todo ello, considero que la formación es un elemento fundamental para todos aquellas que estamos encargados de acompañar a grupos en su camino de evangelización, especialmente cuando los que acompañamos son niños y pre-adolescentes. Creo que también es importante la experiencia, pero la formación, además de la oración y la presencia en las eucaristías, es el camino que hace que los cristianos podamos acercarnos más a Dios y poder transmitirlo a los que nos acompañan. En los últimos años me estoy formando, no para quedarme con una serie de conocimientos, sino para poder transmitirlos, el tesoro de la fe no es para quedárselo uno mismo, sino para transmitirlo a los que nos rodean, cumpliendo la misión que he comentado al principio y que procede del propio Jesús (cf. Mt. 28, 16-20). Lo mismo que una luz no se esconde debajo de una mesa, porque su función de iluminar no podría darse (cf. Mt. 5, 15), los conocimientos que uno recibe, especialmente cuando son sobre la Buena Noticia de la salvación, no pueden quedarse en el interior de uno mismo, sino que debe transmitirse a los demás. Debemos seguir las enseñanzas de San Pablo: «El hecho de predicar no es para mi motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor. 9, 16).

La formación cristiana no se circunscribe a un solo ámbito, sino que son muchos los ámbitos en los que formarse, teniendo cada uno bautizado la posibilidad de formarse de acuerdo con los dones que ha recibido del Espíritu Santo. Además, de acuerdo con los nuevos tiempos, las posibilidades formativas son mayores, pues hay muchas opciones online que permiten que podamos adecuar esta formación a nuestra vida diaria. Bien es cierto que la formación presencial es más enriquecedora, porque permite una interacción más directa con los que nos rodean, pero la posibilidad de poder formarnos cuando tenemos tiempo es una ventaja que tenemos que aprovechar. En un siguiente artículo analizaré la formación que he recibido y la que estoy cursando en la actualidad, dejando diferentes posibilidades y estando abierto a poder mostraros posibilidades a los que tengáis esa inquietud. Poder guiaros, desde la humildad de mis conocimientos y mi experiencia, es algo que no me cuesta y que tiene un claro beneficio, que es acercar el «Reino de los Cielos» a todo aquel que lo busque, dentro de un mundo y una sociedad, donde cada vez es menos frecuente hablar de Dios y conocer su fuerza salvadora.

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